Utopia Siglo XXI

 

 

Diario educativo de Feliciano Robles, para tratar de conseguir una Educacion integradora y liberadora en los valores humanos que mas dignifican a las personas.

 

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viernes, enero 09, 2004

 

Tengo a bien publicar en este weblog, este Manifiesto tan interesante escrito por Michael Löwyy Frei Betto, con el que coincido plenamente y aporta luz sobre los verdaderos ideales qeu constituyen esa esperanza de hacer Otro Mundo Posible.

Valores de una nueva civilización
Michael Löwy y Frei Betto
Rodelú


Proponemos en estas páginas algunos temas posibles para el debate en torno de la cuestión: "Principios y valores de la nueva sociedad". No se trata de axiomas, sino de hipótesis de trabajo y sugestiones para la reflexión. Nosotros, los del Foro Social Mundial, creemos en ciertos valores que iluminan nuestro proyecto de transformación social e inspiran nuestra imagen de un nuevo mundo posible. Aquellos que se reúnen en Davos -banqueros, ejecutivos y jefes de Estado, que dirigen la globalización neoliberal (o globocolonización)- también defienden valores. No debemos subestimarlos, pues ellos creen en tres grandes valores y están dispuestos a luchar por todos los medios para salvaguardarlos -hasta la guerra, si fuera preciso. Tres importantes valores, contenidos en el corazón de la civilización capitalista occidental, en su forma actual. Los tres grandes valores del credo de Davos son: el dólar, el euro y el yen. Estos tres no dejan de tener sus contradicciones, pero juntos constituyen la escala de valores neoliberal globalizada.

La característica principal común de estos tres valores es su naturaleza estrictamente cuantitativa: no conocen el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Conocen apenas cantidades, números, cifras: uno, cien, mil, un millón, un billón. Quien tiene un billón -de dólares, euros o yens- vale más que quien tiene sólo un millón, y mucho más que aquél que sólo tiene mil. Y obviamente, aquel que no tiene nada, o casi nada, nada vale en la escala de valores de Davos. Es como si no existiese. Está fuera del mercado y, por lo tanto, del mundo civilizado. Juntos, los tres valores constituyen una de las divinidades de la religión económica liberal: la Moneda o, como se decía en arameo, Mamon. Las otras dos divinidades son el Mercado y el Capital. Se trata de fetiches o ídolos, objetos de um culto fanático y exclusivo, intolerante y dogmático. Este fetichismo de la mercancía, según Marx; o esta idolatría del mercado -para utilizar la expresión de los teólogos de la liberación Hugo Assmann y Franz Hinkelammert- y del dinero y del capital, es un culto que tienen sus iglesias (las Bolsas de Valores); sus Santos Oficios (FMI, OMC etc.); y la persecución a los herejes (todos nosotros, los que creemos en otros valores). Se trata de ídolos que, como los dioses cananeos Moloch o Baal, exigen terribles sacrificios humanos: en el Tercer Mundo, las víctimas de los planos de ajuste estructural, hombres, mujeres y niños sacrificados en el altar del fetiche Mercado Mundial y del fetiche Deuda Externa. Un cuerpo impresionante de reglas canónicas y principios ortodoxos sirve para legitimar y santificar estos rituales sacrificiales. Un vasto clero de especialistas y gestores explica los dogmas del culto a las multitudes profanas, manteniendo las opiniones heréticas lejos de la esfera pública. Las reglas éticas de esta religión son las ya establecidas hace dos siglos por el teólogo económico Sir Adam Smith: que cada individuo busque, de la manera más implacable posible su interés egoísta, sin prestar atención a su prójimo, y la mano invisible del mercado cuidará del resto, trayendo armonía y prosperidad a toda la nación.

Esta civilización del dinero y del capital transforma todo en mercancía: la tierra, el agua, el aire, la vida, los sentimientos, las convicciones, que se venden al mejor precio. Hasta las personas se vuelven sumisas a la mercancía, pues subvierte la relación humanitaria persona-mercancía- persona. Visto esta camisa de algodón, que es una mercancía, para humanizar mi convivencia social, pues sería extraño que yo apareciese sin camisa en el trabajo o en un encuentro entre amigos. Ahora, la relación predominante es mercancía-persona-mercancía. La marca de la camisa que visto me imprime valor. En otras palabras, si llego a su casa en ómnibus o bicicleta, tengo un valor Z. Si llego de BMW, tengo un valor A. Soy la misma persona y, sin embargo, la mercancía que me reviste me imprime más o menos valor, reificándome.

Ya en el siglo XIX, un crítico de la economía política había previsto, con lucidez profética, el mundo de hoy: «Llegó, al fin, un tiempo en el que todo lo que los seres humanos habían considerado inalienable se volvió objeto de cambio, de tráfico y puede alienarse. Es el tiempo en que las mismas cosas que hasta entonces eran comunicadas, pero nunca trocadas; dadas, pero nunca vendidas; conquistadas, pero nunca compradas -virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etc- en que todo, en fin, pasó al comercio. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal o, para hablar en términos de economía política, el tiempo en que cualquier cosa, moral o física, habiéndose vuelto valor venial, es llevada al mercado para ser apreciada por su valor adecuado» (1).

Valores cualitativos

De cara a esta civilización de la mercantilización universal, que ahoga todas las relaciones humanas en las «aguas heladas del cálculo egoísta»(2), el Foro Social Mundial representa, ante todo, un rechazo: «el mundo no es una mercadería»! Esto es, la naturaleza, la vida, los derechos del hombre, la libertad, el amor, la cultura, no son mercancías. Pero el FSM encarna también la aspiración a otro tipo de civilización, basada en otros valores que no son el dinero o el capital. Son dos proyectos de civilización y dos escalas de valores que se enfrentan, de forma antagónica y perfectamente irreconciliable, en el umbral del siglo XXI.

¿Cuáles son los valores que inspiran este proyecto alternativo? Se trata de valores cualitativos, éticos y políticos, sociales y culturales, irreductibles a la cuantificación monetaria. Valores que son comunes a la mayor parte de los grupos y de las redes que constituyen el gran movimiento mundial contra la globalización neoliberal.

Podemos partir de los tres valores que inspiraron la Revolución Francesa de 1789 y, desde entonces, están presentes en todos los movimientos de emancipación social de la historia moderna: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Como señala Ernst Bloch en su libro Derecho Natural y Dignidad Humana (1961), estos principios, inscriptos por la clase dominante en el frente de los edificios públicos en Francia, nunca fueron por ella realizados. En la práctica, escribía Marx, ellos fueron muchas veces, sustituidos por Caballería, Infantería, y Artillería... Forman parte de la tradición subversiva de lo inacabado, de lo aún no-existente, de las promesas que no fueron cumplidas. Poseen una fuerza utópica concreta, que "va más allá del horizonte burgués", una fuerza de dignidad humana que apunta al futuro, para la "marcha de cabeza alta" de la humanidad, hacia el socialismo (3). Si examinamos de cerca estos valores, desde el punto de vista de las víctimas del sistema, descubriremos su potencial explosivo y su actualidad en el combate actual contra la mercantilización del mundo.

¿Qué significa "libertad"? Ante todo, libertad de expresión, de organización, de pensamiento, de crítica, de manifestación -duramente conquistada por siglos de luchas contra el absolutismo, el fascismo y las dictaduras. Pero también, y hoy más que nunca, la libertad en relación a una y otra forma de absolutismo: la dictadura de los mercados financieros y de la élite de banqueros y empresarios multinacionales que imponen sus intereses al conjunto del planeta. Una dictadura imperial -bajo la hegemonía económica, política y militar de los Estados Unidos, única superpotencia global- que se esconde por detrás de las anónimas y ciegas "leyes del mercado", cuyo poder mundial es bien superior al del Imperio Romano o de los imperios coloniales del pasado. Una dictadura que se ejerce por la propia lógica del capital, pero que se impone con la ayuda de instituciones profundamente antidemocráticas, como el FMI o la OMC, y bajo la amenaza de su brazo armado (la OTAN). El concepto de "liberación nacional" es insuficiente para dar cuenta de este significado actual de la libertad, que es, al mismo tiempo, local, nacional y mundial, como lo demuestra tan bien este movimiento profundamente original e innovador que es el zapatismo.

Una de las grandes limitaciones de la Revolución Francesa de 1789, fue haber excluido a las mujeres de la ciudadanía. La feminista republicana Olympe de Gouges, que escribió la "Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana", fue guillotinada en 1793. El concepto moderno de libertad no puede ignorar la opresión de género que recae sobre la mitad de la humanidad, y la importancia capital de la lucha de las mujeres por su liberación. En este combate tiene particular significado el derecho de las mujeres de disponer de su propio cuerpo.

Igualdad y Fraternidad

¿Qué significa «igualdad»? En las primeras Constituciones revolucionarias se inscribió la igualdad ante la ley. Ésta es absolutamente necesaria y está lejos de existir en la realidad del mundo de hoy- más bien insuficiente. El problema de fondo es la monstruosa desigualdad entre el Norte y el Sur del planeta y, dentro de cada país, entre la pequena élite que monopoliza el poder económico y los medios de producción, y la gran mayoría de la población que vive de su fuerza de trabajo -cuando no está en el desempleo, y excluida de la vida social-. Las cifras son conocidas: cuatro ciudadanos de los EE.UU. -Bill Gates, Paul Allen, Warren Buffett y Larry Ellyson- concentran en sus manos una fortuna equivalente al Producto Interno Bruto de 42 países pobres, con una población de 600 millones de habitantes. El sistema de la deuda externa, la lógica del mercado mundial y el poder ilimitado del capital financiero llevan a un agravamiento de esta desigualdad, que se profundizó en los últimos 20 años. La exigencia de igualdad y de justicia social -dos valores inseparables- inspira varios proyectos socio-económicos alternativos que están a la orden del día. Desde el punto de vista de una perspectiva más amplia, esto implica otro modo de producción y distribución.

La desigualdad económica no es la única forma de injusticia en la sociedad capitalista liberal: la persecución de los "indocumentados" en Europa; la exclusión de los descendientes de esclavos negros e indígenas en las Américas; la opresión de millones de individuos que pertenecen a las castas de "intocables" en la India; y tantas otras formas de racismo o discriminación por razones de color, religión o lengua, son omnipresentes del Norte al Sur del planeta. Una sociedad igualitaria significa la supresión radical de estas discriminaciones. Implica también otra relación entre hombres y mujeres, rompiendo con o más antiguo sistema de desigualdad de la historia humana -el patriarcado-, responsable por la violencia contra las mujeres, por su marginalización en la esfera pública, y por su exclusión del empleo. La gran mayoría de pobres y desempleados en el mundo son mujeres.

¿Qué significa "fraternidad"? Es la traducción moderna del viejo principio judaico-cristiano: el amor al prójimo. Es la sustitución de las relaciones de competencia feroz, guerra de todos contra todos -que hacen del individuo, en la sociedad actual, un homo homini lupus (un lobo para los otros seres humanos), por relaciones de cooperación, ayuda mutua, compartir, solidaridad. Una solidaridad que incluye no sólo a los hermanos (frater, en latín), sino también a las hermanas, y que supera los límites de la familia, del clan, de la tribu, de la etnia, de la comunidad religiosa, de la nación, para volverse auténticamente universal, mundial, internacional. En otras palabras: internacionalista, en el sentido que dieron a este valor generaciones enteras de militantes del movimiento obrero y socialista.

La mundialización neoliberal produce y reproduce los conflictos tribales y étnicos, las guerras de "purificación étnica", los expansionismos bélicos, los integrismos religiosos intolerantes, las xenofobias. Tales pánicos inducidos por el sentimiento de pérdida de identidad son el otro lado de la misma medalla, el complemento inevitable de la globalización imperial. La civilización con que soñamos, será "un mundo en el cual caben muchos mundos" (según la bella fórmula de los zapatistas), una civilización mundial de la solidaridad y de la diversidad. De cara a la homogeneización mercantil y cuantitativa del mundo, de cara al falso universalismo capitalista, es más que nunca importante reafirmar la riqueza que representa la diversidad cultural, y la contribución única e insustituible de cada pueblo, de cada cultura, de cada individuo.

La democracia como valor imprescindible

Hay otro valor que, desde 1789, es inseparable de los otros tres: la democracia. No sólo en el sentido limitado que este concepto político tiene en el discurso liberal/democrático -la libre elección de representantes cada tantos años-, en la realidad deformada y viciada por el control que ejerce el poder económico sobre los medios de comunicación. Esta democracia representativa -también fruto de muchas luchas populares, y constantemente amenazada por los intereses de los poderosos, como lo demuestra la historia de la América Latina de 1964 a 1985- es necesaria pero insuficiente. Necesitamos formas superiores, participativas, que permitan a la población ejercer directamente su poder de decisión y control -como en el caso del presupuesto participativo del municipio de Porto Alegre y del estado de Rio Grande do Sul.

El gran desafío, desde el punto de vista de un proyecto de sociedad alternativa, es extender la democracia al terreno económico y social. ¿Por qué permitir en este campo el poder exclusivo de una élite que rechazamos en el área política? Una democracia social significa que las grandes opciones socio-económicas, las prioridades de inversiones, las orientaciones fundamentales de la producción y la distribución, son democráticamente discutidas y decididas por la propia población, y no por un puñado de explotadores o por las supuestas "leyes del mercado" (o aún, variante que ya fue, por un Buró Político omnipotente). A estos grandes valores, producto de la historia revolucionaria moderna, debemos agregar otro, que es al mismo tiempo el más antiguo y el más reciente: el respeto al medio ambiente. Encontramos este valor en el modo de vida de las tribus indígenas de las Américas y de las comunidades rurales pre- capitalistas de varios continentes, y también en el centro del moderno movimiento ecológico. La mundialización capitalista es responsable por una destrucción y envenenamiento acelerados -en crecimiento geométrico- del medio ambiente: polución de la tierra, del mar, de los ríos y del aire; "efecto de sierra", con consecuencias catastróficas; peligro de destrucción da capa de ozono, que nos protege de las irradiaciones ultravioleta mortales; aniquilamiento de las florestas y de la biodiversidad. Una civilización de la solidaridad no puede ser sino una civilización de la solidaridad con la naturaleza, porque la especie humana no podrá sobrevivir si el equilibrio ecológico del planeta fuera roto.

Socialismo como alternativa

Esta lista no tiene nada de exhaustiva. Cada uno podrá, en función de su propia experiencia y de su reflexión, agregar otros. ¿Cómo resumir en una palabra este conjunto de valores presentes, de una forma o de otra, en el movimiento contra la globalización capitalista, en las manifestaciones callejeras de Seattle a Génova, y en los debates del Foro Social Mundial? Creo que a expresión civilización de la solidaridad, es una síntesis apropiada de este proyecto alternativo. Esto significa, no sólo una estructura económica y política radicalmente diferente, sino sobre todo, una sociedad alternativa que valorice las ideas del bien común, el interés público, los derechos universales, la gratuidad. Propongo definir a esta sociedad con un término que resume, hace casi dos siglos, las aspiraciones de la humanidad a una nueva forma de vida, más libre, más igualitaria, más democrática y más solidaria. Un término que -como todos los otros ("libertad", "democracia" etc.)- fue manipulado por intereses profundamente antipopulares y autoritarios, pero que no por esto perdió su valor originario y auténtico: socialismo.

En una reciente pesquisa de la opinión pública brasilera, encomendada por la Confederación Nacional de las Industrias (!), el 55% de los interrogados afirmaron que Brasil precisaba de una revolución socialista. Al ser preguntados de qué entendían por socialismo, respondieron citando algunos valores: "amistad", "comunión", "compartir", "respeto", "justicia" y "solidaridad". La civilización de la solidaridad es una civilización socialista.

Para concluir: otro mundo es posible, basado en otros valores, radicalmente antagónicos a los que dominan hoy. Pero no podemos olvidar que el futuro comienza desde ahora: estos valores ya están prefigurados en las iniciativas que orientan nuestro movimiento hoy. Ellos inspiran la campaña contra la deuda externa del Tercer Mundo y la resistencia a los proyectos de la OMC; el combate a los transgénicos y los proyectos de impuestos a la especulación financiera. Están presentes en los combates sociales, en las iniciativas populares, en las experiencias de solidaridad, de cooperación y de democracia participativa -desde el combate ecológico de los campesinos de la India, hasta el presupuesto participativo de Rio Grande do Sul; desde las luchas por el derecho de sindicalización en Corea del Sur, hasta las huelgas en defensa de los servicios públicos en Francia, desde las aldeas zapatistas de Chiapas, hasta los campamentos del MST. El futuro comienza hoy y aquí, en estas semillas de una nueva civilización que estamos plantando en nuestra lucha, y con nuestro esfuerzo de construir hombres y mujeres nuevos, a partir de los valores subjetivos y éticos que asumimos en nuestras vidas militantes.




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Notas

(1) Karl Marx, Misère de la philosophie, Paris, Ed. Sociales, 1947, p. 33.

(2) Expressão de Marx no Manifesto Comunista.

(3) Ernst Bloch, Droit Naturel et Dignité Humaine, Paris, Payot, 1976, pp.177-179

 

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