Utopia Siglo XXI

 

 

Diario educativo de Feliciano Robles, para tratar de conseguir una Educacion integradora y liberadora en los valores humanos que mas dignifican a las personas.

 

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viernes, agosto 27, 2004

 

APRENDER A SER, PENSAR Y HACER

Capítulo 1-5 Aportación de la profesora Bettina Cuevas de Asunción (Paraguay), sobre la educación en LIBERTAD

Quiero presentar a este Proyecto, una parte del trabajo realizado ya en 1998 para un postgrado en etica, que trata sobre la libertad, si bien faltan los puntos referidos a: el concepto de libertad, libertad de razonar, la libertad negada, la libertad en Spinoza y en el existencialismo los puntos presentados considero sirven para una revisión del tema.
Gracias,
Bettina


Libertad en la educación

En el proceso de educar toman parte los profesores, los alumnos, la familia, la institución educativa, la sociedad, etc. Cada una de estas esferas debe posibilitar un clima de respeto y tolerancia, de autonomía e independencia para la educación en libertad.

El educador debe tener respeto a su ideología, a su persona, a su concepción política, a sus iniciativas y al ejercicio profesional.

El educando debe cumplir dos condiciones: respeto al docente y autonomía propia. Debe ser tolerante con las opiniones del profesor, siempre que éste no quebrante conscientemente los derechos del alumno.

La institución escolar debe estar libre de opresiones y manipulaciones, tanto de la política educativa de la nación, como de presiones sociales, de intolerancia del equipo docente, de intransigencias del alumnado o de los padres de familia.

La sociedad en la que está inserta la institución escolar favorece o dificulta también la educación en libertad, ya que no es lo mismo un centro educativo en sociedades totalitarias que en sociedades democráticas. La sociedad proyecta en la escuela su cosmovisión y según sea más o menos respetuosa con la dignidad de la persona humana, resultará fácil o incómodo educar en libertad.

La educación es correcta, si es una educación de la libertad de o de la libertad para. Con la expresión “libertad de” se habla de la liberación de prejuicios, estereotipos, esquemas mentales de los adultos, que es preciso operar, como terapia, en la mente del educando y del educador. Un docente no liberado es incapaz de educar en libertad a sus alumnos. Sólo el profesor “libre de” puede producir un tipo de educación semejante a la que él ha recibido o se ha autoimpuesto.

Al estar “libres de” el educando y el educador están preparados para autorrealizarse como libres para juzgar a los demás entregarse sin prejuicios, dominar la naturaleza, ejercer el mando y otras funciones necesarias en la vida personal y social de los individuos.

El compromiso del maestro es doble: asistir y ayudar al alumno a que corra su riesgo y arriesgarse él mismo ante sí y ante el alumno. Este compromiso ha de ser liberador y no manipulador; el docente ha de buscar la independencia de juicio y acción, porque cuanto menos necesite el alumno su apoyo, a medida que progresa cronológica y escolarmente, tanto mayor ha sido el provecho obtenido en el proceso educativo.

Si el educador no respeta la libertad del educando y si no se compromete en correr el mismo riesgo suyo, al elegir, suele responder con rebeldía y contestación, sobre todo en la pubertad y en la adolescencia.

Es bastante visto, en los últimos años, la agresividad con que responde el alumno universitario ante la falta de compromiso del equipo docente o de alguno de los profesores.

De aquí que educar en libertad sea educar en responsabilidad y en compromiso; es arrancar de la tierra el ingente número de los amorfos e indecisos, de los arribistas y de los aprovechados, cuando otros se han quemado por el progreso.

Según Dürr se tienen tres clases de compromisos en la educación: compromiso del espíritu, compromiso social y compromiso pedagógico.

El compromiso del espíritu es el compromiso ante sí mismo, consciente de la decisión tomada y de la doctrina creada, que ya no nos permite reflexiones inútiles, sino fidelidad a nosotros mismos. Es un acto positivo, no una mera actitud hostil y contestataria, porque nada está produciendo, más que una sistemática negación de cuanto los demás hacen. Se llama espíritu de compromiso a esta conducta, porque sólo en el espíritu radica la libertad y el descubrimiento de la verdad, condiciones ambas para esta clase de responsabilidad, en la cual se crea cotidianamente el hombre, conquistando su propia imagen y autorrealizándose.

El compromiso social es una consecuencia pública y comunitaria del compromiso del espíritu, dado el carácter social de la vida humana, que no puede refugiarse en soledad ermitaña. El compromiso social quiere decir que no se pueden quebrantar los derechos del grupo, por salir adelante con los caprichos personales, porque el grupo conquista su libertad basándose en sacrificios y obsequiosas renuncias de los individuos. La sociedad subsiste gracias al esfuerzo de sus miembros, que participan en los propósitos e intereses comunes. Se compromete socialmente el hombre que se identifica política, religiosa y científicamente. La libertad como compromiso obliga a participar.

El compromiso pedagógico obliga al educador a metódicamente indagar la verdad, someter a verificaciones sus hipótesis, descartar sus sueños y atenerse a realidades, ser fiel a sí mismo en la cátedra y los niveles consultivos y decisorios del centro escolar. El compromiso pedagógico, le hace al docente respetar la lenta separación que el alumno va logrando respecto a los criterios y cosmovisión del profesor y aceptar la personalidad de cada uno como la única forma de autorrealización.


.Etapas en la educación para la libertad


La educación contribuye para que el hombre conquiste, poco a poco, su autonomía a través de una serie de estadios, que marcan los niveles escolares.

La primera infancia (0-3 años) es un período significativo en la educación para la libertad, gracias a la autoafirmación de sí mismo mediante el pararse, el caminar y la primera ligera oposición al final del primer año. Según Spitz, psicoanalista, el primer “no” gesticulante del niño es el origen de la iniciativa y de la personalidad. El niño no acepta imposiciones y se rebela con el llanto y las pataletas.

La segunda infancia (4–6 años) se caracteriza por la obstinación e independencia, al comenzar el cuarto año de vida, dando lugar a una fuerte crisis de independencia y de negativismo, como única manera de afirmarse como sujeto y persona. Los mayores han de aceptarle y él ha de ir comprobando las limitaciones e inseguridades que le rodean y de las que es portador.

La tercera infancia (7-11 años) no es una etapa en la que pueda hablarse de una auténtica educación de la libertad, sino de lo que se denomina “espontaneidad dirigida”. El niño no posee aún el pensamiento universalizador y abstracto que le capacite para las elecciones maduras. Sin embargo, es un período en el que puede hacerse una preeducación de la libertad mediante la adquisición de hábitos de orden, disciplina, regularidad, aceptación de la autoridad, responsabilidad de sus propios actos, respeto de los demás... El niño ejercita su iniciativa de múltiples maneras, siendo una de las principales el juego, donde crea, se recrea y autorrealiza. La tensión de los juegos entre sus reglas e iniciativas es un entrenamiento eficaz de las antinomias libertad – autoridad, libertad – disciplina, espontaneidad – normatividad.

La pubertad (12-14 años) con sus cambios somáticos y sexuales conlleva el sentimiento de disgusto e incomodidad ante la disciplina, acatada únicamente con la condición de que el educador haya ganado al púber afectivamente. El púber confunde la libertad con el libertinaje e irresponsabilidad, si no se aprovechan las circunstancias y se le hace profundizar en la naturaleza de la libertad, a la que ha de llegarse basándose en madurez y compromiso.

La adolescencia (15-18 años) es el periodo más importante para educar la libertad. El adolescente rehuye toda postura rígida, porque tamiza las órdenes en el filtro de su propio pensamiento. La misión del educador consistirá en convencerle de que la libertad es fruto del carácter equilibrado y del hombre inteligente. Los sentimientos sociales del adolescente brindan muchas oportunidades para inculcar el respeto por la opinión ajena, a la vez que para apelar a su responsabilidad y su compromiso con la comunidad.


Libertad y persona


Es difícil aceptar la libertad pues tenemos muchos y grandes condicionamientos, obstáculos, impedimentos. Además, como la libertad no es objetivable, no la podemos demostrar.

El hombre no sólo es sino que también se hace; es fruto de sí mismo, de su libertad, de sus opciones libres. Es hombre en búsqueda de verdad. Pero además, jerarquiza y realiza los valores según su proyecto personal de vida.

Es por ello que la sociedad y la comunidad deben dar al niño que nace, las condiciones para que encuentre lo necesario para realizarse como persona en vistas a una integral realización.

Para la Antropología, el hombre además de individuo es persona, es sujeto, es uno, es único. El hombre se manifiesta, se revela como persona en su relación con los otros. Es un Yo en relación con un Tú. Existe en el mundo con los demás para realizarse personal y comunitariamente.

Su perfeccionamiento como persona se realiza en relación con el otro. El hombre es un ser responsable de otro. Esto supone responder a la llamada del otro, de otra persona que exige tu atención, respeto y poder vivir en plenitud. Todo esto implica responsabilidad.



La libertad responsable


La cumbre de la libertad es la responsabilidad. La libertad responsable surge cuando descubro al otro como sujeto de derechos, que tiene una dignidad inviolable que yo debo respetar.

Uno vive en libertad cuando renuncia a sus propios intereses para actuar en el ámbito de personas que tienen derechos y que lo llaman, lo necesitan a uno.

La libertad no se juega sino cuando están en conflicto mi tendencia espontánea egoísta y los derechos de los demás. De ahí que si ante una situación determinada debo elegir qué acción realizar, toma parte la voluntad que tiene dominio sobre el intelecto, en forma de una reflexión; pues soy responsable de la conciencia que tengo.

El hombre se transforma al elegir, porque es más él y menos los demás que le oprimen y la naturaleza que le domina. Sólo cuando elige, es él mismo, el hombre, con autonomía frente al mundo para construir y elaborar su propio mundo.

“Es por ello que la libertad humana adquiere un carácter de conquista personal y se traduce en tarea permanente; como nos lo señala Juan Pablo II cuando concibe la función del bien y le asigna por objeto el amor traducido en donación y servicio desinteresado a los demás”.
[2]

A manera de conclusión

Es difícil hablar con propiedad de la libertad, sobre todo considerando que todo el mundo habla de ella; libertad para elegir, libertad para salir, libertad para volver, libertad para comprar, libertad para comer, libertad para decir, libertad para hacer, libertad para sentir, libertad para escribir, libertad para leer, libertad para crecer, libertad para..., es difícil.

Más aún cuando estamos tan condicionados en nuestro actuar, en nuestro hacer, decir y sentir; por la familia, la sociedad social, la sociedad de consumo, los medios de comunicación, etc.

Cuando planteamos la responsabilidad que tenemos de atender el llamado del otro, del que está bien cerca nuestro o bien apartado de uno pero que igual nos necesita; planteamos nuestra necesidad de sentirnos útiles, de ser parte de otro u otros que también atienden nuestro llamado.

Descubrir que soy con los demás en el mundo, que no puedo circunscribirme a mi mundo egoísta, es asumir que puedo darme a los demás sin pedir nada a cambio.

El docente que tiene a su cargo 40 o más niños, que no posee materiales didácticos, el alumno que debe recorrer varias “leguas” para poder aprender; nos impele a reformular nuestra visión de docentes universitarios, formadores de adultos profesionales, quizás futuros dirigentes del país; nos impulsa a enfrentarnos a una revisión del cómo estamos atendiendo a los derechos de esos alumnos, cómo estamos preparando las clases a dictar, cómo nos estamos preparando para responder a sus llamadas; creo que en la medida en que seamos nosotros mismos, auténticos y nos aceptemos como individuos dadores y no sólo espectadores, podremos asumir la responsabilidad de dar al otro su “libertad” (cualquiera sea la que el otro elija utilizar).


[1] Fermoso, P: Teoría de la Educación, p288-293
[2] Lucas, J: El hombre, ¿quién es?, p154

BIBLIOGRAFÍA CITADA

- CORETH, Emerich : ¿Qué es el hombre? –Esquema de una antropología filosófica - Editorial Herder – España – 1982
- Diccionario de la Real Academia Española
Editorial Espasa - Calpe - España - 1985
- Enciclopedia Temática Océano
Editorial Océano Éxito – España - 1987
- FERMOSO, Paciano: Teoría de la educación – Una interpretación antropológica - Ediciones Ceac – España - 1982
- GEVAERT, Joseph : El problema del hombre – Introducción a la antropología filosófica


 

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